ENEATIPO 4 – CARÁCTER ORAL ¿Cuál es su origen? ¿Cuál es su herida? ¿Cómo es su cuerpo? EL PROCESO TERAPÉUTICO

Este escrito es el tercero de una serie que comenzó con “Eneagrama de la personalidad ¿Qué es y cuáles son los 9 eneatipos?”. En el vamos a profundizar en el eneatipo 4 que desde la bioenergética se corresponde con el carácter oral: conocer acerca de su origen o etiología, saber de su herida original, cuáles son los rasgos corporales más comunes, y los puntos críticos a abordar en el proceso terapéutico desde el abordaje bioenergético  integrativo que nuestro equipo propone. Semanalmente iremos publicando sobre estos mismos puntos para cada uno de los eneatipos.

El carácter oral se fija en la fase oral del desarrollo, que se prolonga desde el final del tercer mes de vida hasta el año y medio. En esta etapa pasará de sentirse el centro del universo (fusionado como estaba con la madre a la que no diferenciaba de sí mismo) a darse cuenta de que depende de otra persona ajena y externa a él. Esto supondrá evolucionar desde el sentimiento de que todas sus necesidades han de ser satisfechas inmediatamente, sin tolerancia a la frustración, hasta ir asumiendo que depende de otro, que aunque lo cuide y alimente, también será fuente de dolorosas frustraciones. Frustraciones que van desde la postergación en la satisfacción de sus necesidades hasta la percepción de sí mismo de no encontrarse en el centro del mundo. Así aprenderá a verse como un ser dependiente, y pasará a ver como la madre empieza a atenderle cuando ella lo decida y no cuando él lo necesite o quiera. Es este el momento cuando comienza a desarrollarse y a arraigarse el sentimiento básico de confianza en el medio y en la propia identidad.

En esta época el niño no dispone de un sistema que neutralice o contenga la angustia originada por las experiencias frustrantes. Cuando siente displacer el bebé llora y patalea, y si no se le satisface esta sensación empieza a vivirse como angustia. La percepción de la angustia como falta de satisfacción dependerá de que la frustración sea lo suficientemente intensa y duradera, ya que continuará llorando hasta que se le satisfaga o se le consuele, o bien hasta que se agote y se deprima como mecanismo de defensa.

Si bien en un principio los estados displacenteros son vividos como ocasionados por él mismo, más adelante los relacionará con la madre, también percibida como parte de sí mismo, por lo que introyectará (la introyección es un mecanismo de defensa psicoemocional por el que se incluyen como propias cualidades inherentes a otras personas que se perciben como origen de displacer. Su función en el núcleo del carácter oral es defender al “yo” de la angustia de sentir el deseo de destrucción del objeto del cual depende: la madre) a la madre hostil, que no le ha proporcionado satisfacción en el momento de su demanda. La introyección de una madre que nutra estará condicionada por la posibilidad del niño de ver reconocida su necesidad por parte de esta, es decir, que el niño pueda comprobar que cuando siente una necesidad esta se ve satisfecha de forma más o menos satisfactoria.

Cuando la energía empleada en la demanda se ve frustrada más de lo tolerable (por su intensidad o duración), esta demanda agresiva (sana) se convierte en una exigencia de satisfacción (que puede ser inadecuada o desmedida). Cuando esta satisfacción de la demanda es tan duradera y repetida que lleva al niño al agotamiento físico, este se deprime energéticamente, y acaba llegando a la conclusión de que sus esfuerzos por demandar lo que necesita son inútiles o poco eficaces. Esto le llevará a percibirse como carente de valor para la persona de la que depende, e irá cayendo en una situación depresiva energética y emocional, al perder la autovaloración amorosa de sí mismo, al no poder establecer un contacto tierno con sus sensaciones.

Así, al acumular experiencias de fracaso y angustia, su componente agresivo perderá su papel original (satisfacer su necesidad), y parte de esta agresividad se dirigirá hacia sí mismo, que es quien siente las tensiones de las necesidades no satisfechas, y como todavía no se distingue del mundo externo, sentirá rabia contra sí mismo al percibirse como origen de su tensión, de su frustración y de su incapacidad para autosatisfacerse.

A medida que se da cuenta de que la fuente de insatisfacción es ajena a él, parte de esta hostilidad se dirigirá a la madre. Si esta hostilidad es muy intensa, puede llegar a sentir odio hacia la madre (o necesidad de destruir a quien necesita), de modo que se verá atrapado en la angustiante experiencia de necesitar a la madre y el deseo de destruirla. Este odio se convertirá, para no destruir realmente a la madre, en una agresión hostil sádica que frustrará a la madre. Castigará a la madre negándole el amor. Estos sentimientos acabarán siendo introyectados, de modo que el amor que se le negaba a la madre, se lo acaban negando también a ellos mismos.

Es un carácter desenergetizado por el insuficiente contacto tierno consigo mismo, es decir la energía ya no se utiliza para detectar la necesidad, pues esto es origen de displacer. Por otro lado, la energía agresiva (para conseguir lo que quiere), también está inmovilizada conteniendo su propia hostilidad. En consecuencia tendrán poca energía disponible para atenderse ellos mismos. Esta desenergetización ocasiona en este carácter una permanente sensación de vacío y un sentimiento crónico de carencia. Además está obstaculizada su capacidad para retener los estímulos energetizantes que provengan del exterior, y en consecuencia su demanda será constante y voraz, sin que puedan llegar nunca a sentirse satisfechos. Esta dificultad para retener lo que reciben es la base energética de la envidia.

La herida original de este eneatipo es la sensación de haber sido abandonado debido a que en la relación con la madre sólo hubo un contacto formal y superficial con un déficit importante en el vínculo amoroso y tierno. Queda una sensación de carencia que se vive cómo si faltase la propia esencia y un gran anhelo de volverse a conectar con ella, de volver a establecer el vínculo amoroso con su origen.

El cuerpo se defiende de esta experiencia dolorosa sin presentar grandes tensiones ni contracturas musculares salvo en zonas muy concretas como el diafragma, las piernas, la región interescapular y las mandíbulas.

En general, el cuerpo es delgado, estrecho y longilíneo y la musculatura es flácida (poco marcada, no fofa). La piel es pálida y húmeda (no cetrina y seca como el esquizoide).

De cara melancólica a cara con franca hostilidad (puede variar). Siempre hay un matiz de sufrimiento. La mirada es demandante e invita a la compasión y al mismo tiempo presenta un punto de desconfianza. Como si la mirada triste fuese un señuelo. Los ojos pueden ser saltones. La cabeza suele presentarse adelantada: el movimiento se inicia desde ahí. Los músculos maseteros hipertrofiados (contacto con la rabia y la pena) y bloqueados en tensión. Si no se notan es porque están más desconectados de la rabia y la pena.

La cintura escapular descarnada, no invita a reposar la cabeza. Brazos débiles que cuelgan y manos estrechas y finas para compensar la dificultad de retención. El tórax estrecho o poco desarrollado: déficit de ventilación, respira poco. El diafragma bloqueado en un nivel más bajo de lo normal. Las vísceras comprimidas hacia abajo: barriguita redondita.

Piernas débiles, poco aptas para el movimiento y sobre todo para estar de pie quieto. Tendencia a poner las piernas rígidas. Se apoyan en los talones y se desequilibran con facilidad. Tendencia a pie con poco arco plantar agarrándose al suelo con los dedos para compensar su centro de gravedad desplazado hacia atrás.

En un proceso de psicoterapia corporal integrativa bioenergética con personas que “funcionan” de esta manera hay que establecer límites claros, precisos y mantenidos (ponerlos con mucho cariño). Tienden a saltárselos. Mucho ojo con la relación simbiótica que establecen con el terapeuta.

Bioenergéticamente hay que trabajar el arraigamiento y la energetización. El arraigamiento de pie lo toleran mal (en grupo mejor por su competitividad), tienden a quejarse. Hacer arraigamiento tumbado o sentado (talones un poco levantados) y poco a poco y desde ahí, al arraigamiento de pie. Hay que tener cuidado, ir despacio, pidiendo permiso. Es fácil que si no entren en angustia y abandonen la terapia o entren en una resistencia pasiva refugiándose en actitudes sadomasoquistas que harán de la terapia un lugar de frustración constante, tanto para el paciente como para el terapeuta. Al energetizar y arraigar se podrá tolerar la movilización de angustia que se dé a lo largo del proceso terapéutico. El cansancio corporal les genera angustia.

El arraigamiento tumbado facilita las regresiones. Valorar lo positivo. No rebatir. No prestar atención a lo negativo. Al movilizar energía aparecen emociones y podemos trabajarlas. La respiración es muy importante (simplemente poniendo la mano en el pecho es fácil que vengan emociones) para arraigar a la persona  y energetizarla.

Trabajar segmentos oral y cervical. Todo este grupo funcional que comprende músculos de estos segmentos, constituyen la zona funcional más importante en la percepción sensorial de la rabia, necesaria para preparar la reacción de protesta y defensa, que luego se extiende a los brazos y mandíbulas como órganos para su expresión. Si se da la expresión, la zona vuelve a la relajación tras la tensión de alerta. Cuando hay contacto con la rabia y no se expresa (contención) no se llega a la relajación y la tensión va siendo crónicamente acumulada. Esta tensión provoca en un principio dolor, pero al estar crónicamente mantenida va produciendo un cansancio fibrilar que deja la zona insensible a la excitación que acompaña a la emoción de rabia. Como mecanismo de inhibición y contención del genuino impulso de agresión rabiosa, y de la emoción de pena que acompaña a esta necesidad de contención, la intensidad de este bloqueo estará en relación directa con la importancia del componente masoquista propio de cada desarrollo individual. Por ello es eficaz comenzar una psicoterapia en el carácter oral, dándole al componente masoquista la importancia que tiene y atendiéndolo desde el inicio, incluso con masajes en esta zona que, aunque pueden resultar dolorosos, son siempre muy liberadores y facilitadores, ya que irán en la dirección de disolver la primera y una de las más importantes resistencias a la psicoterapia, siempre y cuando trabajemos paralelamente el desarrollo del arraigamiento, trabajo prioritario en el carácter oral.

Descalifican al terapeuta: “No me comprendes”, “No me das lo suficiente” (hostilidad activa hacia la madre). Es importante que aparezca la transferencia negativa. En un principio usa la transferencia positiva que va a evitar el proceso de terapia. Hay que evitar esa escucha. Esta transferencia negativa hay que asumirla y no devolverla. No es algo personal.

No entrar en la descalificación de lo que dicen. Podrán ser dramáticos, pero el sufrimiento es real. Hay que contenerlo. Son frecuentes estados de ansiedad y angustia. Hay que ser contenedor y empatizar con su sufrimiento para ver las causas y que se ponga en contacto con eso. Lo que ayer contaron blanco, hoy es negro. El paciente de entrada pide empatía. Si hay un cuestionamiento rápido lo normal es que no vuelvan. Hay que contener la angustia. A menudo empiezan a contar cuando faltan 10 minutos para terminar la sesión (búsqueda de sitio de privilegio). Por ejemplo, poder decirle que si está muy apurado en dos días le puedes dar cita.

La transferencia negativa es muy importante (relación con la madre). Hay que tener cuidado y poner atención porque puede no ser el  momento para trabajarla en el momento en que aparece. Si no está claro el vínculo terapéutico mejor apuntarlo y decirlo en otro momento (sesiones más adelante). El carácter oral no ha roto la simbiosis con la madre. La figura del padre es rescatadora. La madre está idealizada y el padre en bronca. Esto cambia a lo largo de la terapia. Si por ejemplo fuera un maltratador hay que colocarle en su sitio. Es frecuente la ausencia de figuras.

Cuando el oral se da cuenta de la importancia de sus sentimientos de envidia, su proceso terapéutico da un cambio cualitativo que rápidamente alivia las tormentosas relaciones, beneficiándose ellos, los demás, y el propio proceso terapéutico que queda considerablemente dinamizado. Recordar que su virtud es la ECUANIMIDAD. No sólo con ellos, sino hacia afuera.

(Notas de Juanjo Albert)

Bioenergética Integrativa ©

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